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Opinión

La vivienda en España: cuando los efectos de una crisis duran más que la propia crisis

“La falta de vivienda que hoy sufre España no es un problema coyuntural, sino la consecuencia de decisiones regulatorias y urbanísticas acumuladas durante casi dos décadas.”

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Luis Fernando Martín Director de Desarrollo de Negocio de TMR
Luis Fernando Martín, Director de Desarrollo de Negocio de TMR

El reciente informe del Fondo Monetario Internacional sobre la situación de la vivienda en España ha vuelto a situar en el centro del debate una realidad que ciudadanos, promotores, constructores e inversores conocen bien: el acceso a la vivienda se ha convertido en uno de los principales desafíos económicos y sociales del país.

El diagnóstico del organismo internacional es claro. España necesita construir más vivienda y hacerlo con mayor rapidez. Sin embargo, el verdadero interés de sus conclusiones no reside únicamente en la constatación del problema, sino en el análisis de las causas que han llevado a esta situación.

Resulta especialmente llamativo que el déficit actual de vivienda se sitúe en torno a las 800.000 unidades, una cifra prácticamente idéntica al excedente existente cuando estalló la crisis inmobiliaria de 2007. La diferencia es que entonces sobraban viviendas y hoy faltan.

Esta paradoja ayuda a entender que la situación actual no puede analizarse únicamente desde una perspectiva de demanda. El origen del problema es mucho más profundo y tiene que ver con la capacidad del sistema para generar nueva oferta de manera sostenible.

Desde la experiencia acumulada en el desarrollo y ejecución de proyectos constructivos, resulta evidente que buena parte de las dificultades actuales son consecuencia indirecta de las medidas adoptadas tras la crisis financiera e inmobiliaria de hace casi veinte años.

Cuando explotó la burbuja inmobiliaria, la prioridad era evitar que se reprodujeran los excesos del pasado. El endurecimiento de los controles financieros, el incremento de los requisitos regulatorios y la mayor supervisión de los procesos urbanísticos respondían a una necesidad acorde con el contexto de aquella realidad/situación. El problema es que muchas de esas medidas han permanecido activas incluso cuando el mercado ha ido cambiando de una manera radical.

Durante años, el enorme stock de vivienda disponible absorbió la demanda existente. Mientras tanto, la producción de nuevas viviendas cayó desde cifras cercanas a las 500.000 unidades anuales hasta mínimos históricos. La actividad constructora se redujo de forma drástica y el sector atravesó una profunda transformación.

Cuando la demanda comenzó a recuperarse, especialmente a partir de la segunda mitad de la década pasada, afloraron las limitaciones acumuladas durante años. La capacidad de generar nuevo suelo urbanizable seguía siendo reducida, los procedimientos administrativos continuaban siendo extraordinariamente lentos y la incertidumbre jurídica seguía condicionando la toma de decisiones de numerosos inversores.

Hoy el mercado se enfrenta a una situación compleja en la que confluyen varios factores.

Por un lado, existe una evidente escasez de suelo disponible en muchas de las áreas con mayor presión residencial. Los procesos de desarrollo urbanístico pueden prolongarse durante años e incluso décadas. En numerosas ocasiones, los planes urbanísticos se enfrentan a modificaciones, recursos o revisiones que retrasan su aprobación definitiva y generan incertidumbre para todos los agentes implicados.

“Antes de que se coloque el primer ladrillo pueden transcurrir años de trámites, autorizaciones e incertidumbre administrativa. El principal reto no es construir más rápido, sino poder empezar a construir antes.”

Por otro lado, la burocracia continúa siendo uno de los principales cuellos de botella. La tramitación de permisos, licencias, informes sectoriales y autorizaciones diversas puede alargar significativamente los plazos de cualquier promoción residencial.

Acostumbrados a coordinar proyectos complejos, esta realidad tiene un impacto muy concreto. Antes de que una excavadora entre en una parcela o se coloque el primer ladrillo, pueden haber transcurrido años de gestiones administrativas, estudios técnicos y procedimientos urbanísticos.

La construcción es una actividad que requiere planificación a largo plazo. No puede aumentar su producción de manera inmediata cuando aparece una necesidad. Cada proyecto implica una compleja cadena de decisiones, inversiones, suministros y recursos humanos que necesitan estabilidad y previsibilidad.

Precisamente por ello, la inseguridad jurídica se ha convertido en otro de los factores que más preocupan al sector. Cuando un proyecto puede verse paralizado o modificado tras años de trabajo y millones de euros invertidos, el riesgo percibido aumenta considerablemente. Y cuando aumenta el riesgo, disminuye la inversión.

En este contexto, resulta comprensible la advertencia del FMI sobre la necesidad de agilizar el desarrollo urbanístico y simplificar los procedimientos administrativos. No se trata únicamente de construir más rápido. Se trata de crear un entorno que permita planificar con mayor seguridad y reducir los costes asociados a la incertidumbre.

A menudo el debate público sobre la vivienda se centra exclusivamente en los precios finales o en las medidas de intervención sobre el mercado. Sin embargo, existe una cuestión fundamental que no siempre recibe la atención que merece: la velocidad de respuesta del sistema.

Uno de los grandes desafíos de la política de vivienda es que los tiempos administrativos y los tiempos constructivos son mucho más largos que los ciclos políticos. Una medida aprobada hoy puede tardar varios años en traducirse en nuevas viviendas terminadas.

Esta realidad genera una frecuente desconexión entre los anuncios institucionales y los efectos reales sobre el mercado. Incluso cuando las medidas son adecuadas, sus resultados no suelen ser inmediatos.

Por eso el problema de la vivienda exige una visión de largo plazo. Las soluciones no llegarán en meses ni probablemente en uno o dos años. Requieren continuidad, coordinación institucional y estabilidad regulatoria.

La buena noticia es que existen motivos para el optimismo.

La actividad promotora muestra signos de recuperación, la demanda continúa siendo sólida y la necesidad de vivienda está claramente identificada. Además, el propio consenso creciente entre organismos internacionales, administraciones públicas y agentes privados sobre la necesidad de aumentar la oferta constituye un paso importante.

Las soluciones tampoco son un misterio. Incrementar la disponibilidad de suelo, agilizar los procedimientos urbanísticos, aportar mayor seguridad jurídica y facilitar el acceso a la financiación son medidas ampliamente compartidas por buena parte de los profesionales del sector.

En España, existe capacidad técnica, empresarial y profesional para responder a las necesidades del mercado. El reto principal no está tanto en la ejecución como en crear las condiciones necesarias para que los proyectos puedan desarrollarse con mayor agilidad y previsibilidad.

«España dispone de capacidad técnica, empresarial y profesional para aumentar la oferta de vivienda. El desafío está en crear un marco más ágil, previsible y seguro que permita transformar proyectos en hogares«

La vivienda se ha convertido en uno de los grandes desafíos económicos de España. Resolverlo exigirá tiempo, consenso y una mirada estratégica capaz de superar los ciclos políticos y las respuestas de corto plazo.

Si algo demuestra la situación actual es que las decisiones adoptadas hace veinte años siguen condicionando el presente. La oportunidad ahora consiste en aprender de esa experiencia para construir un marco que permita responder mejor a las necesidades futuras.

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